La información en ausencia

conferencia_JGM 20140819

Cuenta la leyenda que un conspicuo funcionario que fungía como vocero presidencial oficioso saludaba a movileros que lo esperaban cada mañana con la frase “¿A ver cuáles son las preguntas que tienen para las respuestas que hoy tengo para dar?”. La versión persiste con mínimas variantes y, cierta o no, ilustra la idea de información que comparten políticos y periodistas argentinos. Que unos y otros sigan llamando conferencia de prensa a un improvisado intercambio en una acera confirma la modesta expectativa con que se formula la pregunta pública.

Toda repartición estatal cuenta hoy con varios portales para difundir fotos y declaraciones oficiales producidas por las oficinas de prensa. Los medios fueron naturalizando estos subsidios informativos que les permiten incluir un textual que no conseguirían de otra manera, aunque raramente advierten al público que esas declaraciones fueron hechas a un par de micrófonos que sostiene solícito el jefe de prensa en una situación a la que no fueron invitados.

Este sistema más preparado para anunciar que para responder se revela inútil para disipar la incertidumbre que generan en la opinión pública hechos de gravedad institucional. La eficacia de estas fuentes de oferta de novedades para marcar la agenda mediática se desmorona ante su imposibilidad de responder a la demanda de información por sucesos imprevistos. No hay voceros que asuman con responsabilidad las declaraciones en los momentos en que los funcionarios deberían dedicar todo su esfuerzo a resolver los problemas. Los comunicados oficiales no alcanzan para evitar el acoso periodístico a personas que terminan atendiendo a la prensa en circunstancias improvisadas. Todo conspira para que el público reciba con suspicacia la información de ocasión.

Funcionarios y periodistas han configurado, por acción o por omisión, una esfera pública opaca a la ciudadanía. Como no están entrenados a participar de eventos por fuera de la agenda programada, ante lo inesperado los funcionarios desaparecen o se delatan incompetentes para transmitir tranquilidad en la crisis. A la vez, los periodistas poco habituados a la pregunta concreta, se extravían en comentarios insolventes que ratifican la decisión del funcionario de no dialogar con ellos. Y el círculo se cierra en una espiral de desinformación.

Desacostumbrados a mantener un diálogo público, políticos y periodistas se fueron conformando con intercambiar citas textuales tomadas de un comunicado de prensa, de Twitter o de la tapa del diario, en un sistema en el que se critican recíprocamente in absentia. En los despachos hay departamentos enteros dedicados a la revisión diaria de lo publicado en la prensa, que será escrachada sistemáticamente. En las redacciones hay periodistas dedicados a comentar y glosar la palabra oficial publicada en las redes sociales. Nada que pueda ser considerado información en una crisis.

Ya hay generaciones de argentinos que nunca vieron a un presidente dialogar con periodistas en un ámbito de respeto mutuo. Las conferencias de prensa sirven como una instancia de debate público donde un profesional con conocimiento de ciertos temas pregunta a un servidor estatal sobre cuestiones que desconoce el ciudadano común. Pero claro que esta instancia se desaprovecha cuando se asigna a esta tarea al periodista más inexperto que sale a la calle lo mismo para reportar un accidente de tránsito que para interrogar al jefe de ministros. O cuando los periodistas son los que dejan la silla vacía.

Subestimadas por igual por periodistas y políticos, las conferencias de prensa son una instancia de periodismo de investigación que puede delatar al poder en su desnudez. En una sesión colectiva de preguntas los periodistas pueden complementarse en la búsqueda de respuestas y equilibrar entre varios el lugar de poder del entrevistado. A su vez, el político que responde con solvencia una rueda de preguntas transmite más confianza que el orador que se refugia en el atril. Es una oportunidad que le permite dar explicaciones una vez y para todos, sin extraviarse en sucesivas declaraciones que lo muestran más dedicado a atender entrevistas que a su tarea. Pero el individualismo del estrellato, tanto político como periodístico, conspira con el ejercicio de control público cotidiano.

En un contexto en donde la exclusiva concedida por el funcionario reemplazó el valor de la primicia obtenida por mérito periodístico, la construcción colectiva de información dejó de ser atractiva. Sin embargo, las entrevistas personales o las filtraciones exponen al periodista a operaciones que tienen más que ver con el juego político que con el interés público. La falta de confiabilidad en la información construida en este sistema de toma y daca perjudica por igual a la versión oficial, que pasa a ser sinónimo de una declaración de compromiso, como a la noticia basada en su transcripción, que como delatan las ediciones digitales nunca está entre las más leídas.

La confiabilidad de la información periodística se apoya en los procedimientos de selección, chequeo y publicación de la información. Un sistema que reemplace el criterio de objetividad de los procedimientos por el de autoridad de la fuente es muy endeble. Al remitirse todo el tiempo a la versión oficial, los medios reconocen su propia imposibilidad de construir un relato alternativo. Cuando periodistas y políticos hacen explícita su incredulidad recíproca no hacen más que debilitar los fundamentos mismos del discurso informativo.

La falta de un diálogo franco de los presidentes con la prensa no puede atribuirse únicamente a una administración. Es parte de la tradición argentina de gobiernos militares que autoritariamente limitaban las preguntas pero también de presidencias civiles que dosificaron la información calculadamente. También fue negocio para muchos medios que prefirieron vender una vidriera para que el político haga su campaña con noticias escritas por sus áreas de prensa a construir una prensa que entusiasme tanto a los lectores que estén dispuestos a pagar por ella. Pero las sucesivas crisis ponen en evidencia la debilidad de este sistema, incapaz de construir una base común en la que pueda apoyarse la confianza colectiva.

Por Adriana Amado, Presidente CIC

Publicado en Revista Ñ, edición 10/2/2015.

Comentarios

(40 Posts)

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *