El periodista, su oficio y el moscardón

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Gabriel García Márquez no solo deja un legado literario universal sino que desde la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano construyó un lugar único de formación y reflexión acerca del quehacer periodístico.

Como homenaje a su desaparición el 17 de abril de 2014, la fundación habilitó una página especial #GraciasGabo con sus textos, libros y fotografías. Ahí se encuentra el famoso discurso pronunciado ante la 52a. asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa en Los Angeles en octubre de 1996. Ahí fue que se refirió al periodismo como el mejor oficio de todos.

El texto “El mejor oficio del mundo” se puede consultar completo en la página, de donde se tomaron algunos de los párrafos que permiten constatar la vigencia de las observaciones hechas por el gran Gabo dos décadas atrás. Resalta ahí la importancia del profesionalismo, la ética y la capacitación de los periodistas, que son los objetivos que inspiran la tarea que intentamos desarrollar desde CIC:

“Un avance importante en este medio siglo es que ahora se comenta y se opina en la noticia y en el reportaje, y se enriquece el editorial con datos informativos. Sin embargo, los resultados no parecen ser los mejores, pues nunca como ahora ha sido tan peligroso este oficio. El empleo desaforado de comillas en declaraciones falsas o ciertas permite equívocos inocentes o deliberados, manipulaciones malignas y tergiversaciones venenosas que le dan a la noticia la magnitud de un arma mortal. Las citas de fuentes que merecen entero crédito, de personas generalmente bien informadas o de altos funcionarios que pidieron no revelar su nombre, o de observadores que todo lo saben y que nadie ve, amparan toda clase de agravios impunes. Pero el culpable se atrinchera en su derecho de no revelar la fuente, sin preguntarse si él mismo no es un instrumento fácil de esa fuente que le transmitió la información como quiso y arreglada como más le convino. Yo creo que sí: el mal periodista piensa que su fuente es su vida misma –sobre todo si es oficial– y por eso la sacraliza, la consiente, la protege, y termina por establecer con ella una peligrosa relación de complicidad, que lo lleva inclusive a menospreciar la decencia de la segunda fuente. (…)

“Tal vez el infortunio de las facultades de Comunicación Social es que enseñan muchas cosas útiles para el oficio, pero muy poco del oficio mismo. Claro que deben persistir en sus programas humanísticos, aunque menos ambiciosos y perentorios, para contribuir a la base cultural que los alumnos no llevan del bachillerato. Pero toda la formación debe estar sustentada en tres pilares maestros: la prioridad de las aptitudes y las vocaciones, la certidumbre de que la investigación no es una especialidad del oficio sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición, y la conciencia de que la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón.”